Durante más de un milenio, la medicina occidental se sustentó sobre un pilar fundamental que, a la luz de la ciencia moderna, ha quedado totalmente enterrado y olvidado. Hablamos de la teoría de los cuatro humores, un sistema que explicaba la salud y la enfermedad humana no por un virus, una bacteria o un fallo genético, como un delicado equilibrio entre cuatro fluidos corporales que componían el organismo.
Funcionó. Pese a que hoy en día esta premisa ha sido desterrada de la medicina, no debemos olvidarnos de que nuestros antepasados sobrevivieron durante muchos siglos con tratamientos que se centraban en estos cuatro humores. Y es que, aunque hoy veamos esta teoría como algo sin fundamento biológico bajo nuestros conocimientos, la realidad es que a veces parecía funcionar.
Los humores. La formulación canónica de esta teoría, atribuida a la tradición de Hipócrates y sistematizada siglos después por Galeno, sostenía que el cuerpo humano estaba gobernado por cuatro sustancias: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra.
La salud era sinónimo de equilibrio entre estos fluidos, mientras que la enfermedad aparecía cuando uno de ellos se acumulaba en exceso o escaseaba. Este esquema fue un avance histórico crucial, puesto que buscaba causas naturales y observables para las enfermedades, alejándose de explicaciones mágicas o demoníacas de la antigüedad. Sin duda, fueron las bases de la medicina que tenemos ahora mismo en nuestras manos.
Y evolucionó. Años después de la teoría de Hipócrates llegó Galeno, que vinculó cada humor con cualidades como el frío, el calor, la sequedad o la humedad, y relacionó el cuerpo con la dieta, el sueño, las estaciones y el entorno. Esto fue algo fundamental porque dislumbró que todo lo que rodeaba a un paciente podía interferir con su salud y su enfermedad.
Y su autoridad fue tan aplastante que consolidó este sistema como el estándar médico indiscutible durante siglos. Pero si la teoría para muchos era falsa, ¿por qué los pacientes y los médicos confiaban ciegamente en sus tratamientos?
La naturaleza. La gran mayoría de las enfermedades agudas y los síntomas tienen algo en común, y es que fluctúan o mejoran por sí solos sin ninguna intervención médica. Es lo que conocemos como la historia natural de la enfermedad.
Por lo general, un paciente acude al médico en el peor momento de sus síntomas y si en ese pico de dolor o malestar se le aplica un tratamiento humoral, y a los pocos días el sistema inmunitario hace su trabajo, la mejoría se atribuirá al tratamiento. A esto se le suma un fenómeno estadístico conocido como regresión a la media, que consistía en que, si un síntoma es excepcionalmente intenso un día, lo más probable es que al día siguiente sea más leve, independientemente de lo que hagamos.
La prevención. Algo que arrastramos hasta el día de hoy es que la medicina humoral no se limitaba a aplicar intervenciones agresivas, puesto que también tenía una importante variante preventiva y de estilo de vida. Aquí los médicos recomendaban a sus pacientes moderar los excesos, descansar, mantener una actividad física razonable y comer de forma equilibrada. Algo que para el momento de la época podía ser difícil en las clases sociales más bajas.
El poder del ritual. El llamado “efecto placebo” es mucho más complejo que tomarse una pastilla de azúcar pensando que es otra cosa. Incluye el ritual clínico, la atención del médico, la imposición de manos y las expectativas del paciente.
Todo este contexto terapéutico tiene la capacidad de modificar de forma muy real la percepción de los síntomas, especialmente aquellos relacionados con el dolor, el malestar general o la ansiedad. Ser atendido por una figura de autoridad que te explica qué te pasa, incluso basándose en los humores, reduce el estrés fisiológico y genera un alivio sintomático evidente.
La sangría. Si hay una práctica asociada a los humores, es la sangría. Durante siglos se extrajo sangre a pacientes de todo tipo para “liberar el exceso de calor” o equilibrar los fluidos del cuerpo. Pero el tiempo pasó y en el siglo XIX los médicos empezaron a analizar los datos de forma rigurosa en pacientes con neumonía hasta ver que la sangría no solo tenía una utilidad nula, sino que probablemente era perjudicial.
Sin embargo, en situaciones muy, muy concretas, extraer sangre funcionaba sobre un problema biológico real de forma rudimentaria. Hoy en día, la flebotomía terapéutica sigue siendo un tratamiento de primera línea para la hemocromatosis, que es una sobrecarga grave de hierro en el cuerpo, o la policitemia vera, que es un exceso de glóbulos rojos que aumenta el riesgo de trombos.
Evidentemente, los médicos antiguos no sabían qué era el hierro o el hematocrito, pero al sangrar indiscriminadamente a la población, de vez en cuando tropezaban con un paciente que casualmente padecía una de estas dolencias. Y lógicamente, su mejoría servía para justificar la práctica para todos los demás.
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La noticia
La teoría médica de los cuatro humores estuvo vigente durante siglos. Lo raro es que a veces sí funcionaba
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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