Desde que comenzó la guerra entre “Los Chapitos” y “La Mayiza”, en septiembre de 2024, al menos nueve creadores de contenido han sido asesinados, señala Caleb Ordóñez.
Los hombres pasaron cerca y el joven mostró inquietud. La transmisión siguió, pero aquel instante resulta estremecedor después de conocer el desenlace. Minutos más tarde, los motociclistas regresaron. Uno sacó un arma. Disparó. César Gastélum cayó frente a una cámara que seguía transmitiendo.
Tenía 25 años.
Su muerte no quedó escondida en una brecha lejana sinaloense. Ocurrió frente a una audiencia digital.
Y quizá ahí comienza la parte más perturbadora de esta historia.
Cesarín quería ser famoso y lo consiguió. Superaba ampliamente el medio millón de seguidores. Publicaba humor, retos, viajes, fiestas, automóviles, vida nocturna y elementos de esa estética “buchona” que durante años convirtió al narcotráfico mexicano en una aspiración visual.
Su asesinato se suma a una cadena aterradora. Desde que comenzó la guerra entre “Los Chapitos” y “La Mayiza”, en septiembre de 2024, al menos nueve creadores de contenido han sido asesinados en hechos relacionados o interpretados dentro de ese contexto de violencia.
No todos eran narcotraficantes. No todos trabajaban para un cártel. Y cometeríamos una injusticia terrible suponiendo que cualquier joven asesinado por mostrar lujos en TikTok pertenecía al crimen organizado.
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Pero existe un fenómeno que México lleva demasiado tiempo fingiendo no ver: la narcocultura.
Durante décadas enseñaron a millones de niños que el narcotraficante tenía camionetas, mujeres, relojes, casas impresionantes y poder. Las series lo convirtieron en protagonista; los corridos, en leyenda; las redes sociales terminaron convirtiendo su estética en contenido aspiracional.
Muchos jóvenes crecieron deseando ese personaje. Algunos terminaron muertos intentando alcanzarlo.
También muchas mujeres fueron incorporadas a esa fantasía: belleza, lujo, viajes, cirugías, ropa costosa y dinero aparentemente infinito como símbolos de éxito alrededor del poder criminal.
El problema nunca fue solamente el narcotráfico. Fue volverlo deseable.
En enero de 2025 ocurrió algo todavía más siniestro. Desde una avioneta fueron arrojados sobre Culiacán panfletos con los nombres de 25 influencers y músicos —entre ellos el cantante Peso Pluma— acusados de presuntos vínculos financieros con “Los Chapitos”. Cuatro aparecían marcados como “eliminados”. Otros señalados fueron asesinados posteriormente.
César Gastélum no aparecía ahí.
Aquí aparece una transformación peligrosa: los cárteles ya no solamente disputan territorios. También disputan narrativas.
Las redes pueden funcionar como propaganda, intimidación y construcción de prestigio. Amenazar públicamente a una persona famosa manda un mensaje a cientos de miles. Asesinar a alguien conocido multiplica ese mensaje millones de veces.
Es publicidad mediante terror.
Y existe otra sombra: el dinero.
En 2025 se conoció que la Unidad de Inteligencia Financiera tenía bajo análisis a 64 influencers, principalmente de Sinaloa, por sospechas de posibles operaciones relacionadas con lavado de dinero. El esquema investigado resulta tan sencillo como moderno: recursos ilícitos pueden utilizarse para inflar artificialmente audiencias, reproducciones e interacciones; esas cuentas generan después ingresos aparentemente legítimos mediante publicidad, monetización, promociones, negocios, eventos o transacciones digitales.
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El dinero sucio entra al ecosistema. El algoritmo produce ingresos formalmente explicables. El dinero sale con otra apariencia.
Eso no significa que Gastélum participara en esas operaciones. Hasta ahora no existe evidencia pública suficiente para afirmarlo y las autoridades han señalado que no tenían registro de amenazas previas contra él.
Precisamente por eso su asesinato exige una investigación seria y no rumores.
La presidenta Claudia Sheinbaum garantizó una investigación y pidió encontrar a los responsables.
Está bien.
Pero en Sinaloa la palabra “garantía” comienza a sonar demasiado grande y hasta imposible.
Entre septiembre de 2024 y marzo de 2026, la guerra criminal había dejado alrededor de 2,680 personas asesinadas y más de 1,500 desaparecidas no localizadas. Culiacán aprendió a cerrar comercios, suspender clases, modificar horarios y vivir pendiente de rumores, balaceras y bloqueos.
Eso no es estabilidad. Es una sociedad adaptándose al miedo y un gobernador que tuvo que renunciar y hoy está prácticamente desaparecido.
El asesinato de César Gastélum retrata algo todavía peor: una generación que convirtió su teléfono celular en ventana hacia un mundo donde se mezclan fama, dinero, violencia y crimen organizado.
Durante años culpamos a los narcocorridos. Después a las series. Ahora culpamos a TikTok.
Quizá deberíamos mirarnos al espejo.
Porque la narcocultura sobrevivió gracias a millones que la consumieron, la compartieron, la cantaron y terminaron admirándola. Como sociedad hicimos demasiado poco para combatirla. Y las autoridades hicieron todavía menos para construir una alternativa suficientemente poderosa.
César Gastélum murió frente a una cámara.
Pero el verdadero horror no está solamente en ese video.
Está en un país donde el crimen organizado ya entendió que para controlar una sociedad no basta con controlar las calles: también hay que controlar sus sueños.
Y mientras nuestros jóvenes sigan soñando con parecerse al narco, y algunas autoridades parezcan cada vez más cercanas a convivir con los cárteles que a derrotarlos, México seguirá perdiendo una guerra mucho más profunda.
La guerra por decidir a quién queremos parecernos.
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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.





