sábado, octubre 3, 2026
sábado, octubre 3, 2026

Lo más visto

spot_img

RElacionado

En la Segunda Guerra Mundial algunos soldados de EEUU coleccionaban cráneos japoneses. Fue tan común que incluso Hawái intervino 

En la Segunda Guerra Mundial algunos soldados de EEUU coleccionaban cráneos japoneses. Fue tan común que incluso Hawái intervino

Buscaba drogas, pero lo que se encontró la policía de EEUU en junio de 2003 mientras registraba una casa de Pueblo, en Colorado, fue otra cosa: una calavera humana. El cráneo estaba dentro de un baúl en el que se mencionaba una fecha (“11 de noviembre de 1942″) y un lugar (“Guadalcanal”). Por si el hallazgo no era lo suficientemente intrigante, docenas de personas habían firmado sobre el hueso frontal, en el que además podía leerse “This is a Good Jap Guadalcanal S.I”. 

Para evitar que se borrara, alguien había dado una mano de barniz al cráneo.

Cuando los agentes preguntaron al dueño de la casa de dónde había sacado la cabeza, les respondió que era una reliquia familiar, un recuerdo traído por su bisabuelo, Julius Papas, un antiguo marine que había combatido en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. El hueso en cuestión pertenecía a un enemigo japonés y las firmas que podían leerse en él eran de otros militares del cuerpo de Marines de EEUU, incluido un antiguo teniente coronel.

¿Un cráneo en un baúl?

Suena extraño (y macabro), pero Julius Papas no fue el único soldado estadounidense que decidió quedarse con parte del cadáver de un soldado japonés tras su paso por el teatro de operaciones del Pacífico. Lo relataba hace unos años Simon Harrison, de la Universidad de Ulste, en un extenso artículo publicado en The Journal of the Royal Anthropological Institute.

Aunque no hay registros oficiales que nos permitan hacernos una idea de cómo de extendida estuvo la práctica, Harrison cita testimonios, artículos de hemeroteca e incluso circulares militares que prueban que el de Papas no fue un caso aislado. 

“La recolección de cráneos y demás vestigios de soldados japoneses como recuerdo por parte de militares aliados es un aspecto de la Guerra del Pacífico que parece haber caído en el olvido”, señala. “Sin embargo, varios historiadores han demostrado que se produjo a escala suficientemente como para preocupar a las autoridades militares aliadas durante todo el conflicto, y que fue bien difundido y discutido en la prensa de EEUU y Japón de la época”.

A falta de estadísticas, tenemos retazos costumbristas de los EEUU de los 40 que nos muestran hasta qué punto estaba normalizado lo de los recuerdos óseos de la Guerra del Pacífico. Quizás el más sorprendente lo dejó la revista Life en mayo de 1944, cuando decidió que su “fotografía de la semana” sería una joven que posaba escribiendo una carta con una calavera apoyada en su escritorio. 

La misiva era en teoría para su novio, un marine movilizado en Asia al que (¡exacto!) agradece que le haya enviado la calavera de un soldado japonés.

“Cuando se despidió [sic] hace dos años de Natalie Nickerson, de 20 años, una trabajadora de Phoenix (Arizona), un teniente de la Marina, alto y apuesto, le prometió un japonés. La semana pasada, Natalie recibió un cráneo humano, autografiado por su teniente y trece amigos, con la siguiente inscripción: «Este es un buen japonés: uno muerto que recogimos en la playa de Nueva Guinea»“, se lee junto a la fotografía de 1944, a la que Life dedicó toda una página.

No está del todo claro si la historia que nos cuenta la foto es cierta, pero en 2026 hay algo más interesante que saber si Nickerson tenía o no un novio teniente que estuvo en el Pacífico: el hecho de que Life publicase semejante imagen demuestra varias cosas. Primero, que ninguna autoridad (ni dentro ni fuera de la revista) la consideró inapropiada. Segundo, que los responsables de la publicación juzgaron que el posado no escandalizaría a la sociedad estadounidense de los 40.

Atabrine Advertisement In Guinea During Ww2

Setenta años después del reportaje de Natalie Nickerson, Ben Cosgrove, articulista de TIME, aun reconocía su asombro: “Tantos tiempo después, a medida que el panorama visual de la guerra se vuelve más espantoso que nunca, con decapitaciones y demás atrocidades grabadas en vídeo y publicadas online para que cualquiera las vea, sigue habiendo algo extrañamente inquietante en la imagen de una joven atractiva mirando un ‘cráneo enemigo’ y escribiendo una nota de agradecimiento al novio (sin nombre) que se lo envió”.

La publicación de Life es solo una anécdota de las muchas relacionadas con cráneos (u otras partes del cuerpo) de japoneses caídos en combate que acababan en manos de soldados de EEUU o incluso cruzaban las fronteras y llegaban a localidades como Pueblo o Phoenix tras haberse limpiado a conciencia. 

Otra de las historias más populares implica incluso a Franklin D. Roosevelt. En junio de 1944 The New York Times reveló que un congresista le había regalado un abrecartas fabricado con el hueso del brazo de un soldado japonés. En ese caso sí debió generarse cierto revuelo, porque Roosevelt acabó devolviendo el regalo al cabo de unas semanas para que dieran sepultura a la reliquia.

Quizás parte de la sociedad estadounidense de los 40 sintonizase con esos hábitos, pero había una amplia población y grupos religiosos que condenaban las profanaciones de cadáveres. Lo cierto es que episodios como el del abrecartas o el fotorreportaje de Life sirvieron al Gobierno nipón para alimentar su propaganda contras EEUU, a la que podía acusar de saltarse el Convenio de Ginebra de 1929. 

Quizás por eso las autoridades militares de USA hicieron varios intentos (tibios) por disuadir a sus soldados de quedarse huesos como souvenirs.

En su artículo Harrison cita tres ocasiones en las que las autoridades tocaron el tema. La primera fue en septiembre de 1942. Con la Campaña de Guadalcanal recién iniciada, el comandante en jefe de la Flota del Pacífico ordenó “medidas disciplinarias severas” para quienes se quedasen partes de cuerpos de enemigos. 

En octubre de 1943 el Jefe del Estado Mayor mostraba aún su preocupación por ese hábito y poco después, en enero de 1944, el Estado Mayor Conjunto exigía a sus comandantes que adoptasen medidas para “impedir la preparación de cráneos y ‘objetos similares’ como trofeos de guerra” y que nadie se llevase de los campos de batalla huesos que “puedan presentarse como partes de cuerpos japoneses”.

“Es evidente que la recolección de fragmentos de cadáveres a una escala lo suficientemente grande como para preocupar a las autoridades militares había comenzado tan pronto como se localizaron los primeros cuerpos japoneses, vivos o muertos”, explica el historiador, que desliza que, al margen del tono empleado por Washington, los oficiales aplicaban las órdenes de “forma parcial y desigual”. 

Un soldado de la época relataría más tarde que sus superiores no fomentaban la recolección de cráneos o dientes de rivales, pero tampoco se esforzaban en impedirla. “No querían desalentar la animadversión hacia el enemigo”.

El artículo de Harrison cita un buen puñado de casos de soldados que se quedaron dientes, calaveras u otros huesos, macabros souvenirs con una serie de particularidades que desgrana en su paper. Por ejemplo, asegura que a menudo las reliquias se recogían en los frentes; es decir, no eran partes de enemigos abatidos directamente, sino de cadáveres tendidos en el campo. 

Awm 072837

De ahí que, más que de “caza de trofeos”, Harrison hable de “recogida de trofeos” o incluso de “recuerdos”. Lo sabemos porque cráneos como el que se llevó consigo Papas muestran señales de mordeduras de ratas y descomposición, lo que revela que el marine no cargó con la cabeza tras matar a su dueño (lo que contó a su familia), sino que pertenecía a un soldado al que ya encontró fallecido. 

Harrison habla también de casos en los que los soldados no buscaban trofeos ni souvenirs, sino piezas que pudieran vender o enviar a sus familiares, lo que incluye también insignias, cantimploras, espadas o medallas.

En cualquier caso, el trasiego de huesos fue lo suficientemente frecuente como para que las aduanas de EEUU tomaran cartas en el asunto. Harrison cita el caso de un aviador, Charles Lindbergh, que aseguraba que cuando regresó del Pacífico se encontró con una sorpresa en la aduana de Hawái: 

“El funcionario me preguntó si llevaba huesos en el equipaje. Me dijo que tenía que hacer esa pregunta a todos porque habían descubierto a gran número de hombres que se llevan huesos japoneses a su casa como recuerdo”.

No es el testimonio más aterrador que recoge. En su estudio asegura que cuando en 1984 se quisieron repatriar los restos de soldados japoneses caídos en las Islas Marianas, las autoridades se encontraron con que al 60% les faltaban las cabezas. “Un sacerdote japonés que visitaba Iwo Jima con regularidad desde 1952 para oficiar ceremonias en memoria de los fallecidos informó de manera similar en 1985 que se habían sustraído los cráneos de muchos de los restos”.

¿Por qué esa obsesión? ¿Por qué ese hábito se registró en el escenario de operaciones del Pacífico y no en otros frentes de la Segunda Guerra Mundial? Harrison intenta responder esas cuestiones y deja botando ideas interesantes, como que la recolección de trofeos de guerra es una costumbre secular y en el caso de EEUU pudo influir la visión que tenía el país de los japoneses.

En su imaginario, argumenta, se presentaban como “enemigos lejanos” frente a los italianos o alemanes, que se contemplaban como “enemigos cercanos”. No es una distinción menor porque contribuía a deshumanizar al adversario.

“A los ojos de muchos militares y civiles aliados durante la Segunda Guerra Mundial, sus enemigos se clasificaban en función del grado de humanidad, y se reconocía a alemanes e italianos como seres humanos, ‘hombres como nosotros'”, reflexiona el investigador. “Sin embargo, la actitud hacia la humanidad de los japoneses tendían a ser, en el mejor de los casos, ambivalente“.

El ataque de Pearl Harbour y las atrocidades perpetradas por los propios japoneses en el marco de la Segunda Guerra Mundial (queda para el recuerdo otra instantánea terrible, la que muestra a Yasuno Chikao a punto de decapitar con su catana al sargento Leonard Siffleet), exacerbaron el racismo en la sociedad estadounidense. De aquella época no son solo trofeos como el de Papas, sino los campos de internamiento para miles de estadounidenses de origen japonés.

Imágenes | Wikipedia

En Xataka | Antes de la guerra Hitler estaba construyendo en una isla el mayor hotel del mundo: 10.000 habitaciones y 4,5 kilómetros 

–
La noticia

En la Segunda Guerra Mundial algunos soldados de EEUU coleccionaban cráneos japoneses. Fue tan común que incluso Hawái intervino

fue publicada originalmente en

Xataka

por

Carlos Prego

.

 

n-d.mx