En un pasto comunal de Debre Libanos, en las tierras altas de Etiopía, un burro llamado Patroclo busca a un toro llamado Achille en mitad del prado. Se le acerca y le toca con el hocico en el costado. Pasan cosas, aparecen terceros en discordia. Hay peleas, algún mordisco. Pero al final, juntos otra vez, el toro monta al asno y se queda lamiéndolo.
Pero esa escena, grabada en vídeo con otras tantas, no era un hecho aislado. Lo que los investigadores italianos acaban de encontrar es una relación que desafía lo que sabemos sobre conducta animal: dos machos de familias distintas que, con vacas y burras a unos pocos metros, se buscaban una y otra vez.
Lo que uno encuentra cuando va a estudiar monos. El equipo de Elisabetta Palagi, etóloga de la Universidad de Pisa, trabaja desde hace años en esa zona de Etiopía estudiando cómo resuelven sus conflictos los geladas, unos monos endémicos de la región. Un día, sin esperarlo, vieron la primera monta y, claro, les llamó la atención.
A partir de ese momento, siguieron de cerca a la pareja: tenemos un registro minucioso de acercamientos, caricias, montas y peleas.
Los pastores de la zona, curiosamente, se reían de los investigadores. Como explicaba Palagi, “lo que para nosotros era una observación inesperada era, evidentemente, una escena familiar para ellos“.
¿Y por qué les llamó la atención a los investigadores? En menos de dos semanas, Archile montó a Patroclo 51 veces, 34 de ellas con penetración. Patroclo no puso resistencia nunca y, de hecho, con frecuencia era él quien presentaba sus cuartos traseros al toro.
Sin embargo, eso no era más que una parte de la historia. Porque lo curioso no son las montas, lo curioso es que después de ellas hubo contacto afiliativo (caricias, mordiscos o frotamientos) en muchas ocasiones. Esto no es nada frecuente y los autores lo leen como una forma de prolongar la interacción social más allá del sexo. En realidad, encaja perfectamente con lo que sabían: que (pese a estar rodeados por animales de sus respectivas especies) pasaban mucho más tiempo juntos que separados.
Ni coerción, ni confusión, ni falta de hembras. Una observación tan detallada ha permitido descartar una a una todas las explicaciones habituales para el sexo entre animales de especies distintas. No es acoso (como ocurre entre los leones marinos y los pingüinos rey de la isla de Marion), ni falta de hembras (como ocurre con los macacos y las ciervas sika en Yakushima). Aquí, en esta relación, los investigadores encuentran indicios de reciprocidad y amistad.
Es, de todas formas, el primer caso documentado. Pero, como decíamos antes, muchos no se han sorprendido. En 2024, un equipo de la Universidad de Toronto preguntó a 65 especialistas en mamíferos y, según la nota de la universidad, el 77 % había visto conducta sexual entre individuos del mismo sexo en sus especies, pero solo el 18 % lo había publicado. Al preguntar por qué, todos venían a decir más o menos lo mismo: tenían la sensación de que era algo raro y anecdótico.
Igual no lo era tanto.
Imagen | Palagi y colgs.
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La noticia
Unos científicos italianos viajaron a Etiopía a estudiar monos y volvieron con una inverosímil historia de amor entre un burro y un toro
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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