
Es una semana en la que Donald Trump ha tenido dos roces muy diferentes con la inteligencia artificial, y los dos juntos forman un retrato coherente de la relación del presidente con la tecnología: entusiasmo sin matices y tensión con los efectos secundarios que esa misma tecnología produce.
El primero es una historia de política tecnológica. El 19 de septiembre, Trump publicó en Truth Social y en X que las palabras «inteligencia artificial» son «inexactas e inelegantes» y propuso tres alternativas: Superior Intelligence (SI), Extreme Intelligence (EI) o Supreme Intelligence (SI). Convirtió el debate en una encuesta que en su momento de publicación había recibido más de 42.000 votos con «Superior Intelligence» en cabeza con el 39,3%. El mismo día anunció la creación de una AI Force con un AI Czar al frente.
Hoy, según cubre The Verge, el movimiento ha dado un paso concreto: el gobierno de Trump está cambiando el término «inteligencia artificial» por «superinteligencia» en documentos oficiales. Es la institucionalización de una preferencia personal que empezó en redes sociales y acaba en documentación gubernamental. Trump enmarca los riesgos de la IA como «una campaña de los demócratas radicales para destruir el país» y posiciona la tecnología como «el mayor motor de desarrollo económico de la historia, más grande que el petróleo, el oro, los diamantes o internet».
La foto que el gobierno tuvo que desmentir
El segundo roce con la IA esta semana tiene un sabor muy diferente. A mediados de septiembre comenzó a circular en X, Threads, Instagram y YouTube una imagen que aparentemente mostraba a Trump —de 80 años— besando a su ayudante ejecutiva Natalie Harp, de 35 años, en un campo de golf. La imagen se usó como miniatura en un vídeo de YouTube por el comentarista político Keith Edwards, quien luego reconoció que su equipo la encontró en internet pero no la creó ni verificó su origen.
El análisis posterior por parte de Snopes encontró elementos definitivos: la mano derecha de la mujer en la imagen tenía seis dedos, el marcador más habitual de generación sintética, y la versión más clara de la imagen contenía una marca de agua de las herramientas de OpenAI. La Casa Blanca calificó la imagen de «claramente falsa» y un portavoz indicó que no era posible confirmar que la mujer de la imagen fuera Harp dado que solo se veía la parte trasera de su cabeza. Edwards se distanció del contenido sin admitir haberlo creado.
Harp, apodada la «Human Printer» por su costumbre de imprimir artículos positivos para Trump, es una figura pública conocida en el entorno del presidente. Ex-presentadora de OAN, lleva con Trump desde 2022 y es una de sus colaboradoras más cercanas.
¿Qué dice cada historia sobre Trump y la IA?
Juntas, las dos historias ilustran una paradoja que no es exclusiva del presidente. Quien más activamente promueve la adopción de IA —renombrándola, creando una fuerza especial, llamándola «la mayor revolución económica»— también es quien sufre de forma más visible sus efectos secundarios: desinformación visual generada con las mismas herramientas que celebra.
La imagen falsa de Trump y Harp no es diferente en técnica a las miles de deepfakes que circulan cada semana sobre otras figuras públicas. Lo que la distingue es que afecta a un gobierno que no tiene ninguna política efectiva para regular ese tipo de contenido y que ha desmantelado los mecanismos de supervisión previos.
Hollywood lleva semanas debatiendo las implicaciones existenciales de la IA, incluyendo la generación de imágenes de personas reales sin consentimiento. Altman dijo en Dreamforce que el mundo tiene razón en tener miedo de la IA, y que debería confiar en OpenAI: la imagen de Trump generada con herramientas de OpenAI y que el gobierno tuvo que desmentir es la versión más concreta de por qué ese miedo existe. Los centros de datos de IA son el tema más votado en los midterms americanos según una encuesta: la IA está entrando en la política de EE.UU. por todos los flancos a la vez, incluyendo por el de la desinformación electoral.
Cambiar el nombre de la tecnología no cambia lo que hace. Y lo que hace, entre otras cosas, es generar imágenes convincentes de quien está proponiendo el nuevo nombre. Llamarlo ‘Superior Intelligence’ tampoco va a cambiar eso en absoluto.
La historia de Trump con la IA en las últimas semanas ha sido la de un adoptante entusiasta que recibe el impacto de los efectos secundarios de la misma tecnología que celebra. En las semanas previas, fue visto compartiendo en Truth Social y en X imágenes generadas con IA que lo mostraban en distintos roles: en una pintura junto a George Washington, con la cara de Hulk Hogan, como comandante de un ejército de robots, pilotando una nave espacial. El mismo fin de semana que publicó el sondeo de renombrar la IA, la ayudante Natalie Harp fue fotografiada sentada junto a él en el restaurante del club de golf Bedminster, tableta en mano.
La pregunta sobre si Trump produce sus propios posts de IA o Harp los genera para él no ha recibido respuesta oficial de la Casa Blanca. Lo que sí está claro es que la Casa Blanca está navegando simultáneamente la promoción entusiasta de la tecnología y el desmentido activo de sus efectos secundarios, que en este caso llegó en forma de una foto sintética que el gobierno tuvo que declarar falsa porque la cadena de verificación de la propia imagen no era lo suficientemente sólida para que nadie la hubiera descartado por su cuenta antes de viralizarse.





